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Hay artistas que pasan por la vida cual brisa. Logran dejar una obra que podemos llegar a recordar en el futuro, pero nada más. Incluso lo más probable es que nunca recordemos al autor de dicha obra.

Pero hay artistas que dejan huella. Son esos artistas que son capaces de marcar uno o varios momentos de nuestra vida. No son aves de paso, llegan para quedarse en su obra, en el corazón y la memoria de quienes tuvimos el placer de disfrutar el fruto de su inspiración. A esa clase de artistas pertenecía Alberto Cortez e incluso me atrevería a decirlo en presente, porque su arte hace que él de alguna manera siga vivo.

Era muy chica cuando lo escuché por primera vez y me acompañó mucho tiempo, con mensajes que a muchos les vendría bien conocer. Con él construí Castillos en el Aire y entendí que cuando se ama no hay distancia que no pueda acortar una simple rosa, entendí que cuando amamos podemos sentir que él otro nos pertenece; pero no es cierto, porque el amor no es enemigo de la libertad. Él nos ayudó a muchos a poner en palabras lo que sentimos cuando perdemos un amigo y cuando tuve ganas de tirar la toalla, me recordó que podemos ser aprendices de Quijote y que debemos “pensar que no deben dejar de sonar las campanas, aunque tenga que hacer más que hoy y que ayer a partir de mañana”.

Por todo eso, no podía dejar de escribir mi pequeño homenaje a este gran artista que no debería ser olvidado nunca, porque no murió, simplemente “se bebió de golpe todas las estrellas, se quedó dormido y ya no regresó”.

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-“Y construyó castillos en el aire, a pleno sol, con nubes de algodón; en un lugar a donde nunca nadie pudo llegar usando la razón…”-

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