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Veinticinco años se dicen más rápido de lo que se viven. Aunque a veces me da la sensación de que no fue hace tanto. Sobre todo cuando mi marido y yo estamos solos y nos miramos sintiéndonos como si aún estuviéramos de novios. Dentro de más o menos una semana cumpliremos nuestras bodas de plata, tanto y tan poco (según cómo se mire).

Comenzamos nuestra familia de a dos y hoy somos cuatro, una gata y varios peces. Ahora cada vez vamos teniendo más espacios de soledad, volviendo a ser dos. Más que necesitar una adaptación es como un re-aprendizaje. Y qué lindo está siendo ese camino. Con cuánta paz estamos aprendiendo a afrontar cosas que antes nos preocupaban.

En un mundo cada vez más inundado de odio, qué bueno es encontrar en nuestro hogar un refugio de amor; donde el desprecio, la humillación, la maldad, la miseria humana y el maltrato no existen. Y qué impotencia genera a veces no poder trasladar la paz que trasmite ese amor a otros que no lo están pudiendo tener.

A veces me gustaría tener poder de convicción (ese súper héroe no existe, que flojos han estado los creadores de estos personajes). Si pudiera trasladar mi experiencia, explicar cuánto mejor se vive con amor que con odio o resentimiento, lo maravilloso que es encontrarle lo positivo a quienes nos rodean en vez de buscar en qué podemos criticarlos…

Quienes buscan la felicidad no entienden, que la felicidad no se encuentra, se genera. Son esos momentos en los que somos capaces de disfrutar hasta de las nimiedades. Cuando valoramos la existencia de aquellas cosas o seres que normalmente no percibimos. Qué lindo es tener aún la capacidad de asombrarse por la forma de algunas flores, por colores que encontramos en la naturaleza o por un pequeño gesto que nos había pasado desapercibido.

Si somos capaces de trasladar esa capacidad de asombro y de maravillarse a nuestro hogar, con nuestros hijos, con nuestra pareja, el amor se renueva cada día. Y estoy convencida que el amor es contagioso. Si somos capaces de amar a quienes tenemos más próximos, podremos amar a otros. Y quienes son amados aprenden a amar.

Me hago cargo que soy la reina de las utopías, no es la primera vez que transcribo una en el blog. Pero si en vez de hacer virales noticias superfluas o llenas de dolor pudiéramos hacer viral el amor, otro gallo cantaría.

Mientras me conduelo con el dolor que se vive en el mundo con distintos temas, me concentro en el amor que vivo en mi casa y trato de trasmitirlo, en un festejo anticipado, brindando con agua para llegar entera a tan especial fecha la semana que viene. Brindo de paso con ustedes, para que me ayuden a contagiar el amor a todos ¡Salut!

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-Foto tomada por mi hijo menor en el Rosedal de Buenos Aires

durante nuestra visita en el año 2013-

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