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     Ramón llegó media hora antes de lo acordado intencionalmente. Tenía la excusa perfecta, se había llevado un libro para argüir que quería leerlo al sol, apoyado en el aljibe del patio, su sitio favorito del Centro Cultural. Elvira se lo creería sin problemas, sabía que en su casa no podía tener la paz que él quería para dedicarle tiempo a la lectura. Se le ocurrió esa idea para evitar discusiones con ella. Y es que nunca sabía a qué atenerse en cuestiones horarias  con su amiga. Si llegaba temprano ella le protestaba porque la hacía sentir mal por haberlo hecho esperar, ya que a ella no se le había ocurrido llegar antes. Y que si podía más temprano se lo hubiera dicho, que ella se adaptaba, que parecía que a él le gustaba sufrir (sin que él se hubiera quejado). Si Ramón era puntual, le recriminaba ser tan exigente consigo mismo, que luego andaba estresado todo el día y eso le impedía disfrutar de la vida. Y mejor no llegar tarde, porque su enojo le podía llegar a durar un mes sin querer volver a encontrarse. Que si no tenía ganas de verla no estaba obligado después de todo. Pero él no se quejaba, lo soportaba estoicamente porque fuera de la obsesión temporal, Elvira le parecía perfecta, la mujer ideal para cualquier hombre. Era paciente, sabía escuchar, no hablaba demasiado pero tampoco se quedaba sin tener nada que decir. Era inteligente, culta, simpática y tenía mucho sentido del humor. No era dependiente y sabía dar su espacio al otro. Ramón suspiraba por ella en silencio, nunca se lo había dicho. Pero no pasaría de hoy. Le abriría su corazón sin tapujos ni dilaciones, sabía que a Elvira le gustaba la sinceridad.

     Ramón se puso a leer para tratar de distraerse, que su excusa fuera creíble y poder relajarse antes de que su amada llegase. Había empezado a hacerlo con mucha concentración e interés cuando un avioncito de papel aterrizó sobre la página que estaba leyendo. Un poco molesto miró a su alrededor. La única ventana abierta era la que daba directo hacia donde él estaba sentado, la de las azaleas, la preferida de Elvira. Pero allí no había nadie. Pensó que quizá el viento lo había traído de otro lado y no le dio mayor importancia. Continuó con su lectura y apenas había avanzado cuando un nuevo avioncito de papel se enredó en su enrulado cabello. Volvió a mirar hacia la ventana, pero una vez más la vio vacía. A la tercera interrupción con el mismo método decidió subir al primer piso en el que se encontraba la ventana. Quizá Elvira había llegado más temprano y le estaba haciendo una broma tratando de llamar su atención. Subió corriendo y gritando: -basta, Elvira, ya sé que sos vos ¿dónde estás?- Pero no había nadie allí. Empezó a tensarse, a ponerse nervioso, no entendía a qué estaría jugando su amiga esta vez. Se apuró hacia el aula de pintura gritando: -Elvira, ¿dónde te metiste?- Viéndolo a su profesor que lo miraba asombrado y preocupado le preguntó si la había visto, si había entrado al aula. El profesor lo observó seriamente diciéndole que no tenía ninguna alumna con ese nombre. Ramón lo miró: -No puede ser, ella se sienta siempre a mi lado- dijo ubicándose frente a su último cuadro sobre el que estaba trabajando, una pintura de una hermosa mujer con un fondo de muchos relojes distintos que marcaba cada uno una hora diferente.

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