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     Lila estaba jugando junto a la ventana. Pasaba muchas horas en ese sitio porque es donde entraba más luz del sol y amaba eso y la calidez que le brindaba. Tenía seis años, pero era muy tranquila, no le gustaba alborotar como a la mayoría de sus amigas de la escuela. Su inteligencia sobresaliente hacía que siempre buscara juegos donde pudiera aplicar su creatividad y razonamiento, como en aquella ocasión. Estaba muy entretenida, sintiéndose feliz con lo que hacía cuando escucho una música nada armónica. Sorprendida y pese a que lo tenía prohibido por su peligrosidad, se asomó a mirar al patio para ver quién era aquel músico tan malo. Al acercarse a las hojas de la ventana, una persistente mosca huyó por unos segundos de ella. La música cesó de repente y Lila extrañada volvió a su juego como la mosca a la ventana. Aquel sonido discordante volvió a sonar muy cerca de ella. Esta vez, la niña decidió pararse y mirar la ventana, tratando de entender. Se quedó muy quieta, como cuando jugaba con sus primas a las estatuas. Observando atentamente se dio cuenta que la música se oía cuando la mosca chocaba con las hojas de la ventana.

     Ésto sí que la sorprendió enormemente. Le habían contado muchos cuentos donde habían grillos y ranas musicales, incluso uno de un burro flautista… Pero moscas… Lo único que le constaba de esta clase de bichos es que eran muy molestos y algo le decía en su cabecita que no era este insecto el que estaba produciendo ese sonido. Se acercó nuevamente a la ventana, mirando para todos lados, asegurándose que nadie con autoridad para retarla la viera y con mucho cuidado, tocó la ventana con sus pequeños dedos. Y entonces comprobó lo que sospechaba, la música no la producía la mosca, sino su contacto con el vidrio, que sí era musical. Su mamá la había obligado a estudiar piano, ya sabía las notas y algunas piezas sencillas. Pronto descubrió que en el cristal, del lado de afuera, había un pentagrama invisible. Colocando los dedos en cada línea que pudo percibir, descubrió las notas y pudo reproducir algunos de las melodías aprendidas en sus clases.

     Lila se olvidó de su miedo a que la retaran, llamó a los gritos a sus padres muy entusiasmada. Vinieron corriendo, porque no era propio de su hija hacer bullicio. Les contó lo descubierto y los papás tras comprobarlo estaban tan asombrados que se olvidaron de llamarle la atención por acercarse a la ventana. Su padre se puso a hacer averiguaciones y pronto descubrió cómo era posible. El vidriero que cortó el vidrio para aquella ventana era un músico frustrado. Había querido ser arpista toda su vida y, al no tener el apoyo de sus padres, se limitó a estudiar música a escondidas. Pero su pasión era tan grande, tan inmensa, que volvía musical todo lo que podía. Tenía la precaución de colocar sus creaciones del lado de afuera, para que no fuera fácilmente descubierto. Fue así, que en los más grandes e importantes edificios de la ciudad, habían muchos vidrios musicales que seguían de incógnito. Sólo éste había sido descubierto, gracias a la curiosidad de una pequeña niña.

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