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Hoy, en casi todo el mundo, se celebra el Día de los Enamorados. Muchos le dan una gran importancia, se hacen regalos y planean actividades juntos. Aclaro que no tengo nada en contra de ello, cada pareja elije como vive su relación y nadie puede decir nada al respecto y mucho menos entrometerse. 

Nosotros nunca festejamos el día de los enamorados, incluso solemos olvidarnos de nuestro aniversario, como conté en otra nota. No somos románticos y eso no significa que no nos amemos. Cuando era adolescente era más romántica. Le daba importancia a cosas que con los años y la observación del mundo que me rodea, ya no tienen relevancia para mí. Cuando estábamos de novios, solía acusar a mi marido de falta de romanticismo. Él no era de traerme flores, ni escribirme cosas bonitas, ni regalarme bombones… Sin embargo, nunca dejé de darme cuenta de que me amaba. Porque el romanticismo sí, pero el amor no se demuestra con esos detalles. El verdadero amor se nota en el día a día con cosas más profundas e importantes.

El verdadero amor no cela. No hablo, por supuesto de celos razonables. Y cuando digo razonables me refiero a celos con motivos reales. Por ejemplo: si encontrás a tu pareja besándose con otro, o escribiéndose notas amorosas mutuamente, o si tu pareja te miente y no sabe qué responderte cuando la enfrentás a la mentira. Esos celos tienen un motivo real y si no se llevan demasiado lejos, tienen razón de ser. Pero hay celos que son enfermizos, no provienen del amor, sino de la inseguridad de quien los siente. No son sanos los celos cuando sospecha del otro sólo porque sale con sus amigas/os, o porque llega un poco más tarde de lo normal a casa, o porque estudia, o porque trabaja y quiénes serán sus compañeros y necesita ir a buscar al otro todo el tiempo, revisa los celulares y la ropa por si hubiera alguna señal… Eso no es amor, es miedo al abandono.

El amor no es posesivo. Entiende que el otro tiene una vida propia y que no es un objeto. Quien ama de verdad no te impone, porque entiende que sos un ser humano con criterios propios, que piensa, que siente y que tiene inquietudes. El que ama de verdad no te pone riendas, no te maneja (aunque pueda aconsejarte, que no es lo mismo). Camina a tu lado, te acompaña, no se sube a tu cabeza para ir a donde vos camines y decirte dónde debés ir.

El amor verdadero no es sordo. Escucha al otro, lo tiene en cuenta y sabe también que puede contar con que el otro escuche. Comprende, apoya, alienta, consuela, aconseja sólo cuando el otro lo pide. Cuando se ama de verdad, aunque hayan cosas que a nosotros no nos parezcan malas, tendremos en cuenta que al otro sí y no haremos ni diremos nada que ya sepamos que puede lastimarlo. Lo trataremos con cuidado, como lo que es, alguien especial que nos importa y que merece nuestra atención.

El amor verdadero valora. No trata al otro como si fuera tonto, no lo humilla ni le falta el respeto. Lo alienta en sus proyectos, incluso puede participar en ellos si comparten aficiones y el otro así lo requiere. Quien no reconoce las capacidades de su pareja y la trata como si fuera un ser inútil que no tiene voluntad propia, es una persona con una autoestima muy baja y que necesita maltratar a la otra persona para afianzarse a si mismo y sentirse a si mismo valioso. 

Es importante tener en cuenta estas cosas, no tomemos como natural y correcto lo que no lo es. Por supuesto, somos seres humanos imperfectos y puede ser que algunas veces cometamos errores con el otro, cayendo en alguna de estas cosas que dije que no son parte del amor verdadero. Pero debemos tener en cuenta que en esos momentos no estamos amando de verdad y debemos plantearnos por qué y qué nos está pasando. Quizá sea una manera equivocada de hacer un reclamo al otro. El problema, según mi punto de vista, es cuando estas actitudes negativas se vuelven cotidianas y se normalizan en la pareja. Cuando tengamos una queja contra la persona que amamos, tratemos de plantearla con amor, no con bronca. Recordemos que en nuestra imperfección cada uno de nosotros también comete errores y que nos gusta o pretendemos que nos perdonen o nos los pasen por alto. Tratemos a los demás, como quisiéramos ser tratados y teniendo en cuenta cómo el otro quiere ser tratado también. Porque eso, también eso, es verdadero amor.

ÉRAMOS TAN JÓVENES.-

Mi marido y yo en nuestra Luna de Miel en Bariloche, Río Negro, República Argentina. 

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