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Supongo que no soy la única a la que le pasa, en mí es normal, despertarse y seguir el sueño ya despierta. Eso me pasa cuando el sueño es muy interesante, me inquieta o me llama la atención por algún motivo. Pero esta mañana fue distinto. Luego de apagar el despertador, cuando me quité el cobertor de encima, conforme a lo que estaba soñando, en lugar de poner los pies en el suelo salí volando por la ventana cual ave. No fue algo que pude controlar ni decidir. Simplemente ocurrió. No tuve tiempo ni de cambiarme, ni de abrigarme, ni siquiera de ponerme algo en los pies.

     Lo peor de todo, más allá de la incredulidad de estar viviendo semejante situación, es que sufro de vértigo. Así que no es difícil de imaginar cómo me sentía a una altura superior a la de los árboles, sin tener control de la situación, con mareos y náuseas. Esto de volar para mí no tenía nada de poético ni deseable. Jamás viajé en avión justamente por mi miedo a las alturas, nunca subí a un mirador ni escalé montañas. Y heme aquí, nada menos que a mí, volando.

     Pero lo que estaba viviendo no era sino el comienzo de las sorpresas del día. A la par que sentía frío en los pies, visualicé un paisaje muy extraño. Juntos era posible ver: un paraje nevado, al lado de una playa con un mar muy similar al Mediterráneo y un bosque de arrayanes. Pensé que era un buen lugar para aterrizar, sobre todo en la playa. Aunque supuse que dado que estaba al lado de la nieve, el mar estaría sumamente frío. En esas lucubraciones estaba, cuando una fuerza desconocida me impelía hacia el mar con suavidad y delicadeza. Contrario a lo que yo pensaba la temperatura del agua era cálida y con el frío que habían sufrido mis pies, no me daban ganas de salir, aunque sí de recostarme. Empecé a entender como funcionaba todo esto, bastaban mis deseos para cambiar lo que vivía. De repente, la misma fuerza que me había hecho aterrizar, con el mismo cuidado, me empujaba hacia atrás, hasta quedar flotando boca arriba. El sol junto con el mar me proporcionaba el calor buscado. Daban ganas de quedarse ahí para siempre, aunque mi curiosidad era más fuerte y bastó sentirla para moverme hasta la orilla, incorporarme y empezar a caminar sobre la arena. Yo no elegí la dirección, simplemente me dejaba llevar. Pasando por el paisaje nevado llegué a una pequeña ciudad desierta. Todo era moderno, y a la vez estaba abandonado. A pesar de estar ya sintiendo hambre y sed, no me detuve ni un momento, mi intriga era mayor y, sin poder evitarlo, seguí andando. Lo siguiente, para mí era más esperable que todo lo demás, fue llegar al campo. Allí los animales estaban solos. Se abastecían a si mismos. La vaca se ordeñaba sola. Las ovejas se trasquilaban unas a otras. El buey tiraba sólo del carro, las gallinas recogían ellas mismas los huevos y los patos ayudaban con el sembradío ¿Qué habría pasado con los campesinos? Mientras lo pensaba y seguía caminando sin detenerme, un caballo me trajo una zanahoria y un burro un balde con agua fresca. Todo lo consumí sin pararme un instante y dándoles las gracias.

     Pero se ve que no todo estaba supeditado a mis deseos, porque muy a mi pesar y suspirando con desesperación, volví a elevarme muy alto y a volar. En ningún momento retrocedí. Yo pensé que eso significaría que estaría volviendo a casa y me sentí ilusionada. Mas no, en absoluto era la intención de aquello que me manejaba cual títere a su antojo. Para empeorar mi malestar, aumentó mi velocidad. Ésto, más que la continuación de un sueño, se estaba volviendo una verdadera pesadilla. Para mi asombro y sin poder remediarlo, me quedé dormida mientras volaba…

     Cuando desperté, estaba recostada en el ala de un avión. Todos los pasajeros me miraban con incredulidad, si yo misma no entendía, menos ellos ¿cómo había llegado hasta ahí? Note que el avión descendía y aunque en medio de todo eso pareciera aún más extraño, yo pensaba que no tenía cinturón de seguridad que ponerme. Cuando aterrizamos el alboroto fue mayúsculo. Un montón de gente me rodeaba hablándome en un idioma que no entendía. Yo sólo atinaba a llorar con desesperación. Me llevaron a una oficina y alguien me alcanzó un té, unas galletitas y me hicieron gestos de esperar. No fue mucho lo que aguardé mientras me alimentaba. De repente, por la puerta, entró alguien que hablaba y entendía español. El alivio fue tan grande que empecé a llorar otra vez, con ese llanto que sale cuando una descarga tensiones. Me dijo que me tranquilizara, que nadie me acusaba de nada. Que los propios pasajeron comentaban asombrados como había llegado volando hasta el avión. Pobrecita, debía estar muy cansada y por eso me recosté en el ala. Lo único que todos querían saber, era cómo había logrado volar y por qué mi peso no había desnivelado el avión. Empecé a llorar de nuevo, ahora de impotencia, porque no tenía la explicación que me solicitaban y que a mí también me hubiera gustado tener.

     Llamaron a mi embajada, escucharon toda mi explicación sin sentido y, como si aún pudieran haber más sorpresas, lo increíble es que me creyeron. Me consiguieron la habitación de un hotel para descansar y al día siguiente me subieron a un avión rumbo a mi país. Cuando llegué, la prensa a pleno me estaba esperando y un coche presidencial me invitó a subir. El presidente mismo estaba adentro y me agradeció, porque debido a mi aventura, mi país que siempre había sido el último orejón del tarro, era ahora mundialmente famoso y todos querían empezar relaciones comerciales con nosotros. Me dejó en la puerta de mi casa, donde mi familia y los vecinos me estaban esperando, emocionados y preocupados por mí a la vez. Pero entendieron mi cansancio y, acompañándome porque ya estaba muy mareada, me llevaron hasta mi habitación donde volví a dormirme. Pero lo que soñé esta vez, ya no lo recuerdo.

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-Barcelona onírica. Tomada por mí en Barcelona, España en el 2012. © Todos los derechos reservados.-

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