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Aunque yo sea parte de ese grupo de bichos raros que no festejan Año Nuevo, entiendo y acepto que la mayoría lo haga. No entiendo algunas costumbres de estas fiestas, pero que yo llegue a comprenderlas, no va a cambiar nada. Por ejemplo: no entiendo la costumbre de emborracharse hasta perder la conciencia, porque no creo que guarde coherencia con la idea de empezar bien el año, sobre todo porque eso acarrea accidentes, muertes, hospitalizaciones, agresiones con armas, etc. Tampoco entiendo la costumbre de tirar fuegos artificiales ruidosos (en Israel suele hacerse para festejar la Independencia y tampoco me gusta), sabiendo que muchos provocan accidentes graves y trastornos en nuestras mascotas.

Cada comienzo de año suele empezar con recuentos de heridos y muertos. Esta vez, con algo más. En Estambul hubo un ataque terrorista. Guarda coherencia para el cierre de un año que estuvo plagado de ellos. No lo digo en broma, ni estoy siendo despectiva. Lo digo con dolor. 

Sé que todos tenemos la misma esperanza, que en el 2017 pueda haber algo de paz, sin ataques de ningún tipo. Y me sumo a ese ferviente deseo. Sólo que no quiero desearlo para el 2017, me gustaría que siempre fuera así, más allá del calendario, cada año, cada día, cada minuto. Mis buenos deseos para todos, no se limitan a un par de veces al año (cumpleaños y Año Nuevo). Es mi anhelo de corazón cada instante, que todos tengamos paz, felicidad, prosperidad, salud, amor, comprensión, apoyo, un buen hogar.

Por eso, aunque escribo esta nota el primero de enero para que nadie me reclame por su ausencia, les quiero desear hoy y siempre a cada uno de mis lectores, amigos y parientes, una feliz vida.

QUE HOY Y SIEMPRE, CADA UNO DE NOSOTROS, PODAMOS TENER BUENOS PROPÓSITOS PARA NOSOTROS Y LOS DEMÁS. Y QUE SE CUMPLAN. AMÉN.

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-Foto tomada a principios del 2016 en Valencia, España, durante la Mascletá- © Todos los derechos reservados.-

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