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     Hay dos motivos básicos para pedir perdón: el clásico es por formulismo, por obligación. Por ejemplo: cuando llega Iom Kipur (el Día del Perdón que conmemoran cada año los judíos de todo el mundo), unos días antes y el mismo día, todos se piden perdón unos a otros. Incluso por las dudas. Aunque no haya conciencia de un daño ocasionado, por si lastimamos a alguien sin querer. Es casi automático, llega la fecha indicada y todos corren a disculparse. Otro caso es con los niños. Si uno le hace algo a otro, aunque el menor no entienda que hizo mal, nunca faltará el adulto que lo presione para que pida perdón. Y el nene lo hace. Sin estar convencido ni entender por qué. También a veces, en una resolución judicial, el juez obliga a una disculpa pública. Y el que recibe la orden, también así lo realiza. En todos los casos, la idea y lo que se espera, es evitar el castigo o un castigo mayor si no se obedece.

La otra razón para pedir perdón, es para mí más reconocible, loable y aceptable. Es cuando no hay presión alguna mediante, cuando no depende de una orden o una fecha, se trata ni más ni menos de reconocer que uno está equivocado. Y pedir perdón no es humillante, todo lo contrario. Ni debería generarnos el miedo de que el otro no quiera perdonarnos. Que el otro nos disculpe o no, va más allá de nuestro arrepentimiento. Cuando pedimos perdón con sinceridad, desde lo más profundo de nuestro corazón; le estamos diciendo al otro que reconocemos que nos equivocamos, que entendemos el daño que hicimos, que estamos arrepentidos de verdad. Es decir, que no volveremos a cometer el mismo error o que estamos dispuestos a poner nuestro mayor empeño en evitar lastimarlo nuevamente.

Ahora bien, perdonar es otro tema. No se hace eso para bien del perdonado, sino para uno mismo. Cuando no perdonamos, aquello que nos lastimó se pudre en nuestro interior causándonos más daño y aumentando nuestro rencor, además de magnificar el daño recibido, con lo cual, nos dañamos más a nosotros mismos.

Al momento de pedir perdón generamos un compromiso con el otro, aliviamos nuestra propia carga y la de aquel que dañamos. Aunque nunca podremos, por muy arrepentidos que estemos, deshacer el daño ocasionado. Cuando perdonamos, a veces el perdonado ni siquiera se entera de que hizo algo por lo cual había que perdonarlo. Ese acto es algo personal, que nos libera y evita hacernos más daño. También ayuda a mejorar la relación con el otro.

El dolor, el rencor, la bronca, el odio, son mucho más que sentimientos negativos, son lastres. Como también lo es la culpa. Por eso, mucho mejor que sentirnos culpables y arrastrar ese sentimiento por la vida, es saber frenar a tiempo antes de hacer un daño. Y si no pudimos evitarlo, pedir perdón no sobra, añade paz.

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-Caesarea, Israel. © Todos los derechos reservados.-

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