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     Describiré el resumen del día: maravilloso.
     Empezamos el día tempranito. Aunque otra veces fuimos caminando a la estación Atocha, esta vez no. Estábamos con las valijas y eso nos decidió a tomar un taxi. Fuimos a tomarlo a donde la conserje nos aconsejó, pensando que debíamos esperar a que viniera alguno. Pero no. Aún nos faltaban unos metros para llegar a la esquina y un taxista que pasaba y nos vio con las valijas retrocedió, se estacionó y espero a que llegáramos. Impresionante.
     En la estación de tren no fue más complicado, en absoluto. Había una cola muy larga para la revisión de equipaje y pensé que debería esperar mucho. Increíble la velocidad con la que se movía la fila y pasamos enseguida. El tren ya estaba estacionado y nuestro coche era uno de los primeros. Tenía mucho lugar para las piernas entre los asientos.          Nos repartieron unas toallitas húmedas calientes para las manos, nos dieron un desayuno copioso, nos ofrecieron el periódico… Entre tantos ofrecimientos, el viaje nos resultó mucho más breve. Antes de bajar, anunciaron que en la estación habría un autobús gratuito para los que debían ir a la otra estación de Valencia. Recordé que una amiga me dijo que esa estación quedaba ahí nomás de nuestro hospedaje y decidimos tomar ese colectivo. Fue lo mejor que podíamos haber hecho, nos quedaba casi enfrente.
     La habitación es cómoda y rara para lo que estamos acostumbrados. Pero está muy bien ubicada, en un lugar céntrico, cerca de todo. De hecho, tiene casi pegada la parada de taxis. Como resultó que ir en ese medio a Burjassot no era caro y sí muy rápido, es lo que utilizamos para llegar hasta allí. El taxista nos hizo un poco de guía turístico, contándonos qué era lo que veíamos en el camino, recomendándonos qué ver y hablándonos un poco sobre las fallas.
     En el ayuntamiento nos atendieron muy bien. Como si fuera poco, habilitaron un camerino enorme para que yo me cambiara y guardara en él lo que necesitara. Llegamos alrededor de las once de la mañana y terminamos de colgar las fotos casi a las tres de la tarde. Nos habilitaron lo que necesitáramos y mi esposo se portó como el mejor marido del mundo. Calculando, subiendo y bajando una escalera para poder mover los cables de los cuales cuelgan las fotos por un riel… Yo caminé de un lado al otro del salón, alcanzando, sosteniendo, ayudando en lo que podía… Decidimos ir a almorzar y revisar las posiciones de los focos a nuestro regreso.
     Nos metimos a comer en el primer local que encontramos. Sencillo. Mi amado un tostado y yo un pancho. Teníamos poco tiempo y teníamos que buscar dónde quedaba la peluquera con la cual había quedado a las 16:00hs. Nos guiamos por un mapa que nos dieron en el ayuntamiento. Como era temprano aún, nos fuimos a dar una pequeña vuelta. Nos sentamos en un banco a descansar, pero yo duré poco. Había muchas cosas interesantes para fotografiar.
     Llegamos unos minutos antes a lo de la peluquera. Cuando se hizo la hora y el local estaba cerrado, decidimos darle unos minutos más. Yo quería esperar hasta y cuarto, pero mi esposo opinó que mejor ir al ayuntamiento, pedir prestado un teléfono y llamar desde allí. Tenía razón. Además de que la peluquera se equivocó de día (pensaba que era mañana), tuvo un inconveniente familiar y no podría venir. Me consolé pensando que había visto una peluquería, justo enfrente del ayuntamiento.
     La peluquería merecería un tema aparte. La dedicación, el esmero, el amor con el que han trabajado conmigo, es impagable. Y encima me cobraron baratísimo. Trenza cocida (espigada la llaman en España) y uñas. La primera no fue nada fácil, porque tengo el pelo muy finito. Pero hasta que no sólo yo, sino la peluquera misma no quedó conforme, no dio por culminada su obra.
     Cuando volvimos a la sala de exposiciones, los focos ya habían sido posicionados por empleados del ayuntamiento. Probamos ver como quedaban las fotos y estaban tan bien colocados, que no tuvimos que hacer nada más respecto a la exposición, así que me fui a cambiar y maquillar.
     Estábamos cercanos a la hora, no vi llegar a nadie de todos los que me dijeron que irían y mis nervios aumentaban ante el temor de que no fuera nadie. Mientras estuvimos colocando las fotos, no faltaron los que se pusieron a mirar las que ya estaban listas y una señora me hizo una devolución sobre mis fotos, maravillosa.                  Llegada la hora, éramos tan pocos, que hubo un pequeño cambio de planes.
La periodista que haría la introducción, me sugirió que en lugar del discurso, les hiciera una visita guiada por las fotos. Me encantó la idea. Así no tenía que pasar por los nervios del discurso. A medida que iba hablando de las fotos, fue llegando más gente a mirar la exposición y algunos se fueron sumando al recorrido. Fue emocionante, porque no sólo me escucharon, sino que cumplí y superé mis objetivos y expectativas.
     Pero ahí no terminaron mis sorpresas. La periodista de las que les hablé, tiene un programa de radio en Burjassot y nos ofreció entrevistarnos a mi marido y a mí. Esta semana ultimaremos el día y la hora. Una de las visitantes era de Serbia, está haciendo unas prácticas o algo así en el ayuntamiento, y a pesar del poco idioma dejó su opinión en el cuaderno de visitas. Puso que quiere conocer Israel. Y eso fue después de haber visto la exposición.
     En el ayuntamiento mismo brindamos con cava y les enseñamos a brindar por la vida con nuestro querido lejaim. Nos pusieron también unas trufas de chocolate y tuvimos una compañía y charla muy amena. Volvimos a Valencia cansados, molidos, pero llenos de emoción y alegría. Tengo la sensación de que todo es irreal. Lo único que tengo claro, es que estoy muy feliz.
Valencia- 23/02/2016- 01:09 hs.

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