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Hay que tener en cuenta que estuve sólo unas cuantas horas de un único día y que por ende, no conociendo además la zona, me limite a una parte acotada de la ciudad. Sabiendo esto, sabrán que me refiero en todo momento a la experiencia vivida por mí y que bajo ningún concepto es una descripción fidedigna de la vida allí.

Teniendo en cuenta que no conozco la ciudad, los consejos de una amiga que sí reside allá, que ya hubo un atentado en la misma y el motivo específico que me llevó a ella (tomar fotografías nuevas), busqué ser prudente. El día anterior traté de organizar mi viaje. Busqué en Internet qué había y qué me convenía visitar, lo consulté con la amiga antes mencionada, verifiqué que hubiera una manera sencilla de viajar (en mi caso se traduce en tren y tracción a sangre, la de mis dos piernas), revisé horarios del tren, me anoté el recorrido que debía hacer, planeé lo que debía llevar, el horario que necesitaba levantarme y me fui a acostar tranquila pensando en el día siguiente.

El viaje de ida duró tres horas y veinte minutos. Largo, pero bastante soportable teniendo en cuenta la comodidad de los trenes israelíes, al menos hasta que se empieza a llenar de gente y una se pregunta por qué no fue al baño unos minutos antes (levantarse significa perder el asiento). Tratando de contener mi vejiga, aproveché el Wi-Fi del tren que es gratis y traté de distraerme con videos de You Tube. Debo confesar que la necesidad de eliminar líquido no era lo único que me preocupaba. Mi amiga me había explicado que por la zona donde yo quería ir, había muchos musulmanes. Cualquiera que sigue mi blog sabe que estoy lejos de discriminar a nadie. Sé, me consta, que no todos los musulmanes son terroristas. El problema es, que al menos en Israel, todos los terroristas son musulmanes. Y por muy integradora que sea una, es difícil diferenciar sin conocer a alguien cuál es el bueno y cuál el malo. 

Confiando en Elohim* e ilusionada me bajé en la estación dispuesta a correr al baño de damas, en el cual había una larga cola de mujeres esperando el turno con la misma esperanza que yo. Cuando al fin salí, me encontré con que habían dos salidas. Queriendo seguir mis anotaciones, pregunté a un empleado por cuál me convenía ir. Lo recuerdo ahora y me lo imagino como el lobo de Caperucita Roja ¡¡¡NO VAYAS POR AHÍ, ES EL CAMINO MÁS LARGO. YO TE PROPONGO UNO MÁS CORTO!!! Quien asegure que los cuentos infantiles nos dejan alguna enseñanza, nunca se encontraron con un lobo. A pesar de toda mi prudencia decidí hacerle caso para ahorrar tiempo. A los pocos metros ya me estaba arrepintiendo ¿Para qué lado me dijo que estaba el primer semáforo, para la derecha o para la izquierda? Mientras dudaba me encontré con una señora que, cámara en mano, estaba tomando fotos a unas hermosas rosas. Pero era rusa, casi no hablaba hebreo y no sabía dónde quedaba el pozo de Abraham, que es a donde yo pretendía llegar. Varios fueron los preguntados, nulas las respuestas. Hasta que un taxista me dijo que caminara hacia allá y eso hice. Cuando estaba por desesperar, pregunté a alguien que le faltó poco para decirme: HAY QUE SER IDIOTA PARA TENER ENFRENTE LO QUE SE BUSCA, CON UN CARTEL GIGANTE Y PREGUNTARME A MÍ. No me lo dijo, pero seguro que lo pensó y yo queriendo que me trague la tierra. Como la tierra no me tragó, simplemente crucé la ruta (en Israel muchas avenidas son rutas).

Estaba sinceramente ilusionada con sacar fotos a algo que había leído en el Tanaj** tantas veces. Pero me duró poco. No se puede sacar fotos al pozo de Abraham, hay que tramitar cien mil permisos y eso lleva mucho tiempo. La pobre empleada parecía realmente apenada por no poder ayudarme y me acompañó un pequeño tramo para aconsejarme a dónde y por qué camino ir. Le confesé que estaba un poco asustada, que me había impresionado ver a muchas mujeres que llevaban trajes que dejaban libres sólo sus ojos. Son las menos peligrosas, me dijo, son beduinas. 

Sabiendo ya que el riesgo era menor al que parecía, pero sin dejar de lado la prudencia, me encaminé al museo de arte que me había recomendado, mientras hablaba por teléfono con mi amiga que me decía que por ahí había una peatonal muy linda en tanto pasaba al lado de ella. El museo resultó estar cerrado los domingos, así que aproveché que estaba en una calle que me parecía muy pintoresca y me puse a hacer aquello a lo que fui. Asegurándome en todo momento de tener mi espalda cubierta por una pared, un árbol o un poste grueso de electricidad.

Y he aquí, ya casi en el final, lo que motivó el título de esta nota. He visto todos los trajes típicos que existen, creo, dentro de la comunidad árabe. Hermosos vestidos bordados, mujeres con pañuelos en la cabeza, mujeres vestidas completamente de negro que sólo dejaban ver los ojos, mujeres con vestidos negros y pañuelos blancos (creo que son drusas, en Nahariya son mayoría las árabes que se visten así), mujeres con vestidos negros bordados y coloridos pañuelos, mujeres con jeans ajustados y pañuelos que enmarcan la cara. Y también habían judíos religiosos, con poca variedad. Si bien la mayoría los crucé en mi camino, muchos estaban en el mercado; donde un grupo de judíos religiosos rezaban a coro, mientras al lado pasaba una mujer árabe comprando vestida con uno de los atuendos típicos.

Y esa es la maravilla de Israel, un país donde a pesar de guerras y atentados, es posible la convivencia. Como me dijo un árabe que tenía ganas de charla: no hay país como Israel, para ser maravilloso, sólo le falta tener paz.

*Elohim: D´s.

**Tanaj: Antiguo Testamento.

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