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El periodismo no sólo incide en la formación de opinión de una sociedad, es capaz incluso de influir en sus valores morales trastocándolos. No por nada, es también llamado el cuarto poder. 

Cuando desde un medio periodístico se avala y justifica la barbarie, cuando desde la conciencia del poder que ostentan tiranizan a la víctima, están dando a la sociedad un mensaje claro y directo. Si los periodistas le dicen a la sociedad: está justificado que se salga a acuchillar gente si hay que luchar por lo que uno cree justo, no se entiende que esos mismos irresponsables se asombren de que un hombre le prenda fuego a un camión que, después de reiteradas amenazas, volvió a ser estacionado frente a la puerta del garaje de quien encendió la llama. Después de todo, es válido usar la violencia y hacer daño para defender los derechos. Eso es lo que impunemente repiten desde su poderoso sitio una y otra vez la mayoría de los periodistas. Por eso no deberían asustarse si un hombre mata a su mujer o a su novia porque estaba dispuesta a tener el hijo que él no quería, estaba defendiendo su derecho a no ser padre. 

     Cada una de nuestras palabras, de nuestros actos, afectan e influyen en quienes nos rodean, cuánto más las de una persona en la que gente inocente e ignorante confía. Si un medio periodístico con prestigio llama milicianos o luchadores a los terroristas. Si acusa a quien se defiende por reaccionar según ellos exageradamente, tenemos que entender que poco a poco la visión de la gente, el entendimiento sobre lo bueno o lo malo, se ve transformado y los valores morales se trastocan pasando lo malo a ser bueno y lo bueno o aceptable, malo. 

Es hora, si no queremos volver a la época de las cavernas, que cada uno se haga responsable de sus actos y dichos. Y nosotros, como sociedad, deberíamos exigir a quienes se ocupan de informar, ser más conscientes y éticos.

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