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Aquel día amaneció como siempre, más temprano para los agricultores, los panaderos, los operarios; un poco más tarde para los estudiantes, los bancos, las oficinas, los comercios. Cada uno siguiendo su rutina diaria, quienes eran supersticiosos comenzaron el día levantándose con el pie derecho; quienes no, no se fijaban cuál pie debía tocar primero el suelo. El día amaneció agradable en todo el país, un poco más frío en el sur, más cálido en el norte y con mucha humedad en Buenos Aires. Nada, absolutamente nada, llevaba a pensar que ese día podía tener algo distinto al resto, que algo fuera de lo normal pudiera ocurrir, que en secreto se cocinaba un dolor inconmensurable.

El 12 de octubre, en muchas escuelas, se invitó a los representantes de algunas de las tribus indígenas que aún subsisten en Argentina. Se les solicitó que hablaran de su cultura, su lenguaje, su historia y se les pidió que enseñaran a los alumnos a realizar algunas de las maravillosas artesanías que ellos suelen crear para regocijo y admiración de los turistas. Cada niño volvió maravillado a su casa, contando que después de todo, los indígenas eran gente normal y mostrando la obra de arte que, con su guía, habían realizado. Los padres se sintieron orgullosos de sus hijos y les pareció estupendo y loable que en la escuela dieran lugar a la pluralidad y la enseñanza sobre las raíces del país.

No hacía mucho que había pasado la conmemorada fecha, pero sí habían pasado muchos años desde que representantes de las tribus argentinas se unieran para reclamar al Congreso de la Nación sus tierras que legítimamente les pertenecen. Nada lograron, apenas algo para tratar de conformarlos y que no molestaran más, pero insuficiente para la deuda histórica y moral que se tiene realmente con ellos. 

La imagen que siempre trasmitieron esas tribus al país, hacía dudar de los libros de historia. Gente tranquila, pacífica, trabajadora, que luchaban por sus derechos desde la legalidad ¿Cómo podía ser que algunos de ellos hayan sido en sus orígenes, orgullosos pueblos guerreros? Por eso, nadie esperaba lo que pasó y la sorpresa inicial, dio lugar a un dolor que todos imaginaban que nunca podría sanar.

Tres mujeres, vestidas a la usanza de su pueblo, se asomaron a la puerta abierta del autobús escolar. Le explicaron al conductor que la maestra de tercer grado de la escuela las estaba esperando, que les había dicho que por ahí pasaría el micro y que podrían subirse a él. Le preguntaron si le habían avisado y él confirmó que así había sido y que no había problema alguno. También el chofer sabía de la tranquilidad de esta gente. Conocía el esfuerzo para la subsistencia de estas mujeres y las admiraba. Era un orgullo para él transportarlas a su destino.

Fue en un semáforo, mientras el conductor hablaba por celular con su mujer pidiéndole que le comprara algunas cosas, la celadora estaba en la parte trasera del autobús retando a unos revoltosos alumnos que se ponían en peligro levantándose todo el tiempo y no quedándose quietos un instante, cuando las tres mujeres sacaron de entre sus polleras un arma de fuego cada una y comenzaron a disparar. Primero murió el chofer, luego la celadora y cuatro alumnos más. 10 alumnos fueron heridos, 3 graves , 5 medianamente graves y 2 leves. Las mujeres huyeron del lugar.

Al Qaeda hace años que tiene presencia en Argentina. Responsables del atentado a la AMIA y la Embajada de Israel, nunca se fue y siguió actuando en las sombras. En bosques escondidos adiestraron y alimentaron el odio ancestral de las tribus para que lucharan por lo que con justicia les corresponde. Los adoctrinaron y les enseñaron el uso de las armas, además de proveerlos de ellas.

El país entero se sumió en un profundo dolor, y antes de poder recuperarse del asombro, de la incomprensión del accionar de estas tres mujeres pertenecientes a tan pacífico pueblo (debía ser un caso aislado, no debe cundir el pánico), 2 hombres entraron en un supermercado. Estaba lleno de amas de casa, sobre todo de la tercera edad, ya que a esa hora las más jóvenes estaban trabajando o estudiando. Con sendos facones acuchillaron a 7 mujeres y huyeron antes de que les pudieran impedir la salida del local. 2 de esas mujeres quedaron muy graves, 1 murió y el resto quedaron con heridas moderadas. Se sumó al daño ocasionado, la rotura de cadera de algunas de ellas al caerse de muy mala manera ante el impacto.

Empezó a reinar la confusión, antes de que nadie pudiera poner su mente en orden, 5 ataques más fueron perpetrados en las ciudades de Córdoba, Rosario, Bariloche y La Plata. El Ministro de Defensa, ordenó a la policía poner más efectivos en las calles, pidió a la gente que estuviera alerta, que por el momento, si podían evitarlo, no salieran de sus casas. También pidió la colaboración del ejército y les pidió que estuvieran preparados para actuar en caso de necesidad.

Los noticieros de televisión, las radios y periódicos de todo el mundo se condolieron con Argentina por la situación terrible que estaban pasando. Los mismos que el día anterior habían condenado a Israel por defenderse y que consideraban a los terroristas palestinos como militantes luchadores por sus derechos, condenaban con espanto los ataques de las tribus indígenas. Los mismos que cada día torcían la historia de Israel para justificar lo injustificable, ahora decían que esta gente no podía venir a exigir luego de tantos años unas tierras que ya no eran suyas.

Cada nación del planeta, incluso los que antes en la ONU condenaban a Israel por no “devolverles” las tierras a los palestinos, ahora acusaban abierta y enérgicamente a los indígenas y exigían contundencia en la respuesta del Estado Argentino ante la terrible situación, ofreciendo incluso su apoyo militar si era necesario. 

Los días siguientes no fueron tan distintos. Hubieron más ataques. Pero la policía logró atrapar a 3 atacantes y matar a otros 3. La gente aplaudió el accionar de las fuerzas policiales que al fin actuaban a favor del pueblo. Los noticieros de todo el mundo vieron con esperanza el fin del terror en las australes tierras gracias a esta reacción sin duda tan adecuada para la situación que se estaba viviendo. Pero no fue así. El terror siguió aún por mucho tiempo más.

Los terroristas aborígenes no respetaban ideologías, edades, géneros, nada. Todos merecían morir si era necesario para poder recuperar lo que históricamente les pertenecía. Indígenas de otras naciones latinoamericanas, empezaron a actuar de la misma forma. Los hospitales argentinos empezaron a recibir más gente de lo esperable en situación de emergencia y ante la falta de insumos, muchos no podían ser atendidos como se necesitaba. Pidieron donaciones que empezaron a llegar de todos lados. En las camas de dichos nosocomios, habían tanto víctimas de la extrema derecha como de la extrema izquierda compartiendo la misma habitación. 

Los pseudoizquierdistas que hasta hace poco habían hablado en contra de Israel y a favor del terror palestino, ahora ya no podían justificar nada, algunos de sus compañeros estaban hospitalizados, parientes y amigos queridos. Se acabó su humanismo y, olvidando los derechos humanos que cada vez estaban más torcidos, empezaron a reclamar que no se apresara a los terroristas, se los matara en el lugar mismo.

Y pasó lo que nadie creyó que volvería a pasar. Se supone que los pueblos deberían aprender de sus errores, sobre todo cuando la historia es aún tan reciente y aún sangra en el alma de gran parte de su gente. Pero cuando la situación desborda, es muy difícil ser sensato, sobre todo cuando reina la confusión. Hay que tener en cuenta también, que Argentina, salvo unos pocos casos, no ha sido víctima constante del terrorismo. No sabe actuar en casos semejantes ni está preparada para ello. Por eso, la gente desesperada, volvió a tocar las puertas de los cuarteles.

Por primera vez, y sin que sirviera de precedente, Cristina Fernández de Kirschner debió reconocer su incapacidad para enfrentar la situación. No esperó a que la sacaran por la fuerza, dio de buen grado su sillón presidencial al General que se presentó en la Casa Rosada sin cita previa. Sin embargo, para que su honor no fuera mancillado, pidió ser escoltada por dos soldados, a fin de que la gente no supiera que ella había cedido la presidencia tan fácilmente. A cambio, el General le exigió que no hiciera declaraciones, ni a periodistas, ni en Twitter, ni en ninguna otro medio de Internet. Ella aceptó sin protestar. También se le impidió dirigirse al pueblo. No era momento para uno de sus graciosos discursos.

El estado de sitio fue declarado. Lo que había empezado como actos terroristas reivindicatorios se volvió una guerra civil. Aprovechando el estado caótico del país, que los militares no lograban terminar de ordenar, miembros de Daesh aprovecharon la situación e impusieron su presencia. Sus hachas empezaron a verse en distintos lugares de Argentina y en la falta de cabeza de algunos soldados. Ejércitos de otros países se apresuraron a colaborar. Pronto, las más grandes, hermosas y admiradas ciudades argentinas, se volvieron zonas de guerra, llenas de destrucción, muerte, sangre y amargura.

Finalmente, al cabo de algunos años, logró restablecerse la paz, se empezó a reconstruir el país y los militares nunca más dejaron el gobierno. Las tribus indígenas del país quedaron totalmente diezmadas, ya no quedaba nadie para reclamar nada. Los militares apresaron también a quienes eran sospechosos de colaborar con ellos y sin juicio previo ni pruebas suficientes, apresaron a muchos inocentes que también fueron torturados para confesar lo que nunca habían hecho. Las asociaciones de derechos humanos miraron para otro lado y volvieron a acusar a Israel de reacción desmedida ignorando intencionalmente lo que pasaba en Argentina.

Los militares no dejaron el poder nunca más, volvieron la censura, los desaparecidos y los exiliados, que eran mirados con repugnancia allá donde iban. Después de todo, si tuvieron que irse del país, será porque algo deben haber hecho.

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