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     Enrique Palomo Argüeyes se sentía confundido. No entendía por qué, algo que para él era perfectamente normal había causado tal revuelo. Pensaba en ello mientras escribía un cuento en la computadora, su mujer le planteaba un problema familiar que necesitaba urgente solución, su hijo menor le contaba un problema de la escuela que lo tenía muy triste y su hija mayor le entregaba su celular con una llamada de su jefe. Él escuchó a cada uno a una vez, entendió perfectamente lo que cada uno le planteaba y respondió con eficacia, claridad y sencillez a cada uno. Esta situación era común en su vida y para su familia era lógico que el padre de familia tuviera esa característica, como era comprensible la capacidad de la madre de retener los números de documentos de cada uno, saberse de memoria todos los números telefónicos de su celular, los numeros de las cuentas bancarias del marido, la suya y la que tenían en común, así como los números telefónicos de cada uno de los compañeros de escuela de sus hijos. Sin embargo en la escuela de los niños ya habían notado esa peculiaridad, así como en su trabajo y eso había trascendido de tal forma que la prensa de todo el país se agolpó a entrevistarle. El interés despertado era tal, que los reporteros se atropellaban entre ellos para preguntar a semejante fenómeno. Unos se pisaban a otros en las preguntas, sin embargo nadie se quedaba sin una respuesta clara y concisa. El director de la universidad de medicina que estaba mirando el noticiero se interesó tanto que convocó a los mejores neurólogos del país para ver si alguno tenía alguna idea de cómo era posible semejante cosa. Todos coincidieron en que para ellos también era sorprendente y que no había ningún antecedente en la historía de la neurología de algún caso similar. Entre todos acordaron cuáles eran los exámenes convenientes para llegar a una conclusión y llamaron por teléfono a Enrique que en ese momento estaba leyendo un artículo mientras escuchaba la entrevista que le habían hecho, hablaba con su madre por el otro teléfono y atendía a una vecina que venía a contarle lo que había pasado en la reunión de consorcio a la que él y su esposa no habían podido asistir. Aunque asombrado por la propuesta, Argüeyes aceptó: -si les hace ilusión…- les dijo. Todos los medios informativos estaban enterados y pendientes de la respuesta de los médicos. Luego de tantos exámenes llegaron a una conclusión que asombraría a todos: El señor Enrique Palomo Argüeyes tenía un cerebro estereofónico. Nunca habían visto algo semejante y este sólo caso bastó para todo un tratado neurológico sobre el tema. Don Enrique se hizo famoso por algo que aún, hoy en día, el no entiende por qué.

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