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Hoy es mi cumpleaños número 46. No es un número redondo y no tiene algo muy diferente a otros años, al anterior y al que le antecedió, por ejemplo. Pero a veces se acerca por detrás mi hijo mayor que es más alto que yo (nada difícil eso, la verdad) y empieza a encontrarme las canas. No tengo muchas, cuando me miro al espejo, de hecho, parecen reflejos, hacen ver mi pelo más brilloso. Tampoco son invisibles, si no mi retoño no podría verlas a simple vista como lo hace. Pero el espejo me devuelve otros datos más. Tengo más acentuadas las líneas al borde de los ojos (espantosamente conocidas como patas de gallo). Es inevitable ver las señales que indican que mi cuerpo ya no es muy joven.

No me asusta envejecer. Cuando alguna vez alguien me dijo que disfrutara de mi hijo que en aquel tiempo era muy chiquito porque luego crecería y ya no podría disfrutarlo, le respondí que cada etapa tenía algo que valía la pena y a las que podría encontrarle lo maravilloso. Y la experiencia, al menos en eso, me ha dado la razón. Conmigo misma no es diferente. Cada año, cada etapa, me ha deparado tanto cosas positivas como negativas.

     Quiero pensar que todo lo vivido, incluso lo malo, no ha sido en vano ni tan malo. Tengo la esperanza de haber recogido algo de aprendizaje en mi camino, de haber podido sacar al dolor, algo de conocimiento, útil para seguir adelante y para poder tener algo para heredar a quienes vienen detrás mío. 

Quiero creer que he podido aportar algo a quienes pasan y/o han pasado por mi vida. Que incluso en mis errores han podido verse lo suficientemente reflejados como para poder aprender algo para si mismos. 

Quiero ilusionarme con la idea de que puedo seguir soñando, planeando, planteándome nuevos objetivos y desafíos. Que me esperan nuevas oportunidades y que este nuevo año en mi vida es un recomenzar, es la posibilidad de tomar impulso una vez más para no dejarme nunca vencer por las dificultades.

Quiero suponer que he sabido ser amiga de mis amigos, que quienes me han querido y/o me quieren son capaces de valorarme como yo los valoro. Que pueden quererme y perdonarme mis defectos y equivocaciones como yo los quiero y perdono los de ellos. Porque no somos perfectos, todos nos equivocamos y nadie es mejor que los demás, lo bueno es que somos diferentes y que esas diferencias nos enriquecen y nos aportan nuevos aprendizajes.

Estoy a la mitad, más o menos, de lo que se calcula que es la edad a la que el ser humano es capaz de llegar, pero no quiero verlo como que estoy a la mitad del camino, quiero pensar cada día, cada idea, cada deseo, cada meta, como un nuevo comienzo, como un renacer de mi misma.

Me gustaría pensar que no le debo nada a nadie (y no hablo de lo material, que tampoco me gusta deber), así como siento que nadie está en deuda conmigo. 

Aún tengo mucho por aprender. Muchos sueños por cumplir y tanto para dar. Sé que en el camino que todavía tengo por delante no estoy sola, que hay mucha gente que me quiere para acompañarme y eso me hace muy feliz.

Quiero y necesito ser positiva, porque sé que todo lo que me rodea tiene tanto para darme como yo para entregar desde lo más profundo de mi corazón. Y es eso lo que quiero dejarles a cada uno de los que me estén leyendo, un pedacito de mi corazón.

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