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Tengo varios días de no escribir en el blog. No porque no sepa sobre qué escribir, si no que hay varios temas que pugnan por querer salir a flote. Difícil elegir uno. Pensando en ello me di cuenta que no necesito decidirme por uno, porque todos ellos están unidos por un tema central, el dolor que siento al ver todo lo que pasa en el mundo. Demasiado sufrimiento. Asesinatos, ataques, violencia verbal, falsas acusaciones, egoísmo, todas cosas que no llevan a nada positivo.

     Quien me conoce bien sabe que en realidad soy una persona bastante optimista, que me gusta encontrar el lado bueno a todo, justificación incluso a aquello que parece injustificable. Pero no niego la realidad, y aunque en el mundo aún hay gente que hace mucho bien, hay avances en medicina, en tecnología y hay gente a la que le importan los demás y hacen algo por otros, parece todo eso opacado por tanta maldad y odio existente, como si quedara oculto, o quizá porque tiene menos publicidad.

Cuando se es adolescente, aún se cree en la posibilidad de hacer de este un mundo mejor. A medida que crecemos y maduramos, nos volvemos más escépticos y nos damos cuenta que el mundo siempre fue así. Podemos intentar ser mejor cada uno de nosotros, y eso tendrá injerencia en nuestro derredor. Pero si quienes están a nuestro alrededor, más allá del entorno inmediato, no hacen algo por mejorar también, el efecto dominó se corta y no lograremos influir en el mundo. 

Dicen que las palabras se las lleva el viento, por eso quizá a veces sienta que mis palabras sólo me sirven a mí, para limpiar de alguna manera mi interior. Sería lindo creer que aporto algo. Mientras tanto, sin esperar nada del mundo, sigo sembrando mis palabras, con la esperanza de que el viento no se las lleve, sino que las difunda.

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