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La amistad es un tema delicado, la de verdad, la comprometida, aquella que es profunda, sincera y duradera. Los amigos de verdad no son aquellos que se escriben cartitas, se hacen regalos, disfrutan cuando están juntos… Ni siquiera es aquel dispuesto a escuchar tus penas cuando ya no podés más. El verdadero amigo, el que lo es con todas las letras, es el que está dispuesto a arriesgar hasta su integridad y su vida por el otro. 

Cuenta el Tanaj (Antiguo Testamento) que Jonatán el hijo del rey Shaúl era amigo de David, quien luego fue rey de Israel. Su amistad era tan verdadera que dice que lo estimaba como a sí mismo, llegó a enfrentarse a su propio padre por defenderlo, con todo lo que eso implicaba. David también lo quería, lo lloró mucho cuando falleció y demostró su amor por su amigo en vida dejándose ayudar por él y confiando plenamente en Jonatán.

Y es que no siempre se está en condiciones de dar, hay ocasiones en que el amor por nuestros amigos lo demostramos cuando confiamos en que ellos pueden ayudarnos y hacer algo por nosotros. David vivía escondiéndose de Shaul que lo quería matar ¿qué más podía esperar de él Jonatán, sino sólo la confianza en que él podría interceder con su padre e intentar librarlo de la violencia de este? ¿Cómo se habría sentido Jonatán si David lo hubiera creído capaz de traicionarlo?

Claro, que todos somos humanos y podemos fallar. Hay amigos que se acostumbran a que uno deje todo por ellos y si alguna vez no lo hacemos se sienten abandonados o traicionados. Hay veces que el que siempre da, a veces también necesita y es duro que aquellos a quienes uno siempre dio desaparezcan. Pero es que el ejercicio de la amistad no es fácil. Porque así como cuando el que siempre da, le sucede que es el que necesita; de la misma forma, el que siempre recibe espera que confiemos en él. A veces nos desilusionamos porque nos sentimos solos ¿pero hemos sabido ser buenos amigos, confiando en el otro cuando estábamos en momentos difíciles?

Lo cierto es que quien se acostumbra a estar del lado del que siempre ayuda, le cuesta mucho decir, ahora soy yo quien necesita. Se siente raro, porque además, al saber las angustias y las cargas del otro, siente que contarle las propias es cargarlo aún más y comete un error gravísimo: esperar que sea el amigo quien le pregunte si está bien, si le pasa algo, si necesita ayuda. Así como es hermoso ayudar, no lo es menos aprender a recibir esa ayuda y pedirla y confiar en que el otro está ahí para uno.

Cierto que es muy doloroso y difícil cuando finalmente lo conseguimos y nuestro amigo no está disponible para ayudarnos, pero eso es también parte del aprendizaje. El tema y lo más importante (y no siempre fácil) es no cansarnos de ser verdaderos amigos a pesar de que el otro a veces nos falle.

Puerto Madero

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