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     Hace unos días, íbamos mi marido y yo caminando por las calles de Nahariya hablando de teros y avutardas, cuando él recordó una historia que había visto y escuchado en un programa de la televisión española. Como me resultó muy interesante, me he decidido a compartirla con mis lectores.

     Transcurrió en un pueblo de España, pequeño y desconocido, pero muy pintoresco. Tenía por nombre La Avutarda Terófaga y tan llamativa denominación es lo que mereció que una periodista se trasladara hacia allí para conocer su historia. No siempre se llamó igual, hubo una época en que simplemente se llamaba La Avutarda, debido a la enorme presencia de dicha ave por aquella tierra. Desde que pasó la historia que les contaré, es que pasó a llamarse con tan extraño adjetivo.

     Resulta que al pueblo que nos ocupa, había llegado un inmigrante argentino. Había sido contratado por un museo de aves de la zona, ya que era de profesión ornitólogo. Como quería traer algo que le recordara a su amado país, decidió traer de allí en una jaulita, una pareja de teros. Su idea era criarlos en el jardín de su casa, donde ya había procurado que le armaran una laguna artificial para que se sintieran más cómodos y con la idea de que procrearan y de esa manera, no quedarse nunca sin tan bella y querida especie. Pero pasó algo extraño, que salió de sus cálculos. Quizá porque los teros llegaron a creerse que eran los únicos en su especie en todo el mundo y quisieron colaborar para evitar su extinción, a lo mejor por verse afectados por un viaje tan largo, o porque al no conocer bien la zona no tenían nada mejor que hacer… El asunto es que comenzaron a reproducirse de tal manera que pronto, no sólo el jardín de la casa, si no el de otros vecinos, se vieron invadidos por agresivos teros que querían a toda costa echar a cuanta otra ave se le pusiera en el camino. La población teril se salió de control y no sabían qué hacer para disminuirla. Mientras los científicos en el museo, que hasta ese momento se aburrían muchísimo, estuvieron sumamente atareados investigando una solución efectiva y sana para toda la población.

     Pero hete aquí que las aves típicas del lugar eran las avutardas, ellas habían estado ahí desde siempre y no les gustaba nada sentirse invadidas por estas aves inmigrantes, que parecían querer adueñarse de todo. Algunas empezaron a reunirse en secreto, buscaban estrategias para vencer al invasor, pero todo parecía en vano. Tan grave y tensa se volvió la situación, que una de ellas, la que más propuestas infructuosas había planteado, enloqueció. Comenzó a volar hasta una altura superior de lo esperable para una avutarda y utilizar una técnica similar a la de los teros, lanzándose en picada sobre ellos. Llegó a clavar el pico en algunos, pero lo peor fue que probó el gusto de la sangre y le agradó. Su locura se agravó y desde ese día comenzó a alimentarse de teros. Nadie hacía nada por evitarlo, puesto que creían que una mágica solución les había llegado del cielo, mientras miraban aterrados pero satisfechos, cómo esta enloquecida ave cazaba al ave invasor. Las otras avutardas no entendían nada, como mucho ellas habían llegado a alimentarse de huevos de otras aves y si de carne se trata, de ratones, lo que venía muy bien a los agricultores de cereales, pero nunca de parientes. Sin embargo, al ver que esta avutarda disfrutaba como si de una riquísima golosina se tratara, decidieron arriesgarse y probar. Lo que no consiguieron los ornitólogos, lo lograron las avutardas. Desde aquel entonces la población teril ha podido ser controlada, Se reducen sólo a un par de decenas, que descansan para satisfacción suya, en el jardín del único argentino del pueblo. 

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12 de diciembre de 2014.

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