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    A veces estamos tan acostumbrados a determinadas cosas o situaciones que nos resultan completamente naturales y no nos planteamos cambiarlas. Chiara no era una excepción, hasta el día que caminando por la calle se puso a mirar a la gente y se preguntó: no nacemos con sombrero ¿o sí? sin embargo todos llevan el suyo, siempre el mismo, cada día, nadie se lo sacá ni para dormir ni para bañarse, ya no sabemos qué hay debajo de ellos.

     Llegó a su casa con gran inquietud, preocupada, convencida de ser una más de la gran masa de gente de la que siempre había querido diferenciarse ¡¡¡Cómo puede ser que necesitara 43 años de su vida para darse cuenta del tema de los sombreros!!!

     Decidió que ese era un buen día para marcar su individualidad y como iba a bañarse, aprovechó la oportunidad. Entró al baño decidida, pero a medida que se acercaba el momento sentía más miedo ¡¡¡Había llevado tanto tiempo su sombrero puesto!!! ¿Sería doloroso sacárselo?

     Ya estaba desnuda, mirándose frente al espejo con su sombrero puesto y se sintió ridícula de repente. Respiró hondo y se lo quitó de una vez, de un tirón. Algo doloroso fue, sin duda, pero mucho menos de lo que se había imaginado. No corrió ni un hilo de sangre y de golpe empezó a sentirse más libre y liviana. Todo lo que contenía su cabeza empezó a fluir: recuerdos, conocimientos, ideas, alegrías y dolores. Pero no escapaban de ella, si no que la cubrían por entera. Se sentía como si de ella emanara luz, que cada rayo lumínico era como un tallo del cual surgían montones de aromáticas flores de hermosos y brillantes colores. Ahora le daba miedo entrar a la ducha y que todo aquello que la cubría desapareciera. Sin embargo debía bañarse y para su sorpresa todo se mantuvo igual, sólo que más limpio y brillante.

     Si por ella hubiera sido, habría vuelto a salir al exterior completamente desnuda, para que todos la vieran así de luminosa y colorida, pero sabía que no podía hacerlo, así que se vistió y una vez más se sorprendió: la ropa traspasó todo aquello y quedó por debajo dejando a la intemperie su nuevo estado luminoso y florido. Cuando caminó nuevamente por la calle, empezó a sentir pena de todos los sombrerudos que la miraban raro.

     Chiara no tiró su sombrero, la había acompañado demasiados años de su vida, siempre y no se imaginaba la vida sin él. Lo miraba de reojo y a veces tenía la tentación de volver a ponérselo. Se preguntaba cómo se sentiría ahora.  No tenía miedo a perder su luminosidad, pero sí a que dejara de fluir todo lo nuevo que se generara en su cabeza y no poder volver a sacárselo nunca más. Empezó poco a poco a dejar de verlo como un viejo compañero hasta llegar a verlo como un verdadero enemigo. Empezó a gritarle, a culparlo de tantas cosas, a insultarlo. Lo miró primero con bronca y luego con tristeza hasta decidirse a enterrarlo en el rincón más oscuro de su placard.

Un día, Chiara hizo limpieza general en su casa y se reencontró con su viejo sombrero. Lo tomó en sus manos, fue al baño y sintió una enorme tentación de volver a ponérselo, como si eso la redimiera de todo lo que le había dicho al sombrero, dándole al tal entidad de ser vivo. Miró su propia imagen espantada, soltó el sombrero como si se tratara de una enorme y asquerosa cucaracha, fue corriendo a la cocina, tomó los fósforos y lo quemó. Nunca antes se había visto a si misma tan luminosa y fragante.

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20 de setiembre del 2012

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