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    Cuando el Senador Pichetto diferenció a argentinos judíos de argentinos en febrero del año 2013 y alcanzó con una disculpa por carta, ya era claro que no todos los argentinos tenemos los mismos derechos ni la misma validez. Por eso no es extraño que el 30 de julio del 2014 la Presidente actual de la Nación Argentina, la señora Cristina Fernandez de Kirschner alertara a Israel sobre las consecuencias que podría tener si algo le ocurriera al sacerdote argentino Jorge Hernández y la gente asistida por él. Desconociendo así a los 48.312 argentinos (según censo al 2012 de la Organización Internacional para las Migraciones) que estamos bajo amenaza constante de misiles y ataques terroristas a través de los túneles en Israel. Se ve que un argentino no judío, vale más que 48.312 que sí lo son.

     Aparentemente, para el gobierno argentino no somos importantes, los jóvenes y niños argentinos que viven en Israel no merecen una vida digna sin miedo ni amenazas, quizá crea la señora que no merecen siquiera la vida. 

     Cuando me fui de Argentina, aún los Kirschner no eran gobierno y ya De la Rúa había salido huyendo en helicóptero. A pesar de la situación dolorosa que nos empujó a irnos, nos fuimos con la ilusión de volver algún día, porque amábamos nuestro país. El mismo que nos vio nacer, crecimos, nos educamos, encontramos grandes afectos (que aún guardamos en nuestro corazón), nos casamos y tuvimos a nuestros dos maravillosos hijos. Cuando éramos recién llegados en Israel, aún recordábamos con nostalgia y amor el olor del rocío por la mañana en los árboles porteños, recordábamos lugares maravillosos de Argentina que tuvimos la posibilidad de visitar y a dónde nos hubiera gustado volver a ir, como: Bolsón, Bariloche, Las Grutas, Lobería, Viedma, Villa Carlos Paz, Los Cocos, etc. Nos trajimos también con nosotros los sabores de las pizzas, las facturas, las empanadas, el asado y llorábamos con nostalgia cuando escuchábamos a Mercedes Sossa, cualquier tango o rock nacional. Nos dolía el desarraigo y pensábamos en nuestra ingenuidad que en cinco años estaríamos de vuelta. Pero en menos de un año supimos que nunca nos iríamos de acá, que este es el lugar en el que queríamos que crecieran nuestros hijos. Mantuvimos el idioma, los modismos, seguimos tomando mate, atesorando todo lo que describí y más y empezamos a soñar con volver de visita alguna vez. Queríamos volver a ver y abrazar a los familiares y amigos que dejamos, recorrer de vuelta las calles porteñas, pasear por el zoológico, el Jardín Botánico y el Rosedal; saborear de vuelta las comidas que aunque hubieran algunas iguales en Israel tenían otro sabor y las que no se consiguen. Y después de más de diez años se nos dio, para nuestra felicidad pudimos dejar de soñar. Nos volvimos de allí no con la tristeza de alejarnos, sino de lo que vimos, porque ya no parecía nuestra ciudad ni nuestro país. Aunque nos dimos los gustos con los que soñábamos, casi nada parecía ya ser lo mismo…

     Por eso quizá también, no me sorprenda la actitud de la Presidente argentina, porque quizá de verdad ya no es mi país y no merecemos importarles y que se preocupen por nuestra seguridad. 

     Mientras escribo la nota, me pregunto si en verdad la espalda que nos da me importa tanto y por qué me duele, si yo ya elegí. Quizá sea porque a pesar de todo sigo amando a mi Buenos Aires querido, porque sigo llorando cuando escucho a Silvina Garré cantarle a mi ciudad natal como si aún fuera argentina, porque los afectos los sigo teniendo y me interesa lo que les pase, porque los recuerdos siguen estando en un lugar importante del corazón a salvo de ridículas declaraciones y documentos oficiales. O porque aún guardo la esperanza de volver a ir de visita alguna vez y sentir que después de todo siguen siendo mi ciudad y mi país.

     En tanto no cambie la desvalorización hacia los judíos argentinos y/o los argentinos israelíes, no me interesa volver a pisar una tierra que no me quiere, aunque yo sí la siga queriendo a pesar de todo. Porque ya lo dijo Julio Numhauser:

Pero no cambia mi amor

Por mas lejos que me encuentre,

ni el recuerdo ni el dolor

de mi tierra y de mi gente.

Y lo que cambió ayer

tendrá que cambiar mañana,

así como cambio yo

en esta tierra lejana.

     Quizá ese es el principal motivo, tener la esperanza (ingenua quizá) que algún día todo cambie y gobierne Argentina alguien a quien le importen todos los argentinos, sin clasificar, se encuentren donde se encuentren. Mientras espero poder ir a visitar algún día otra vez, seguiré luchando por contar la verdad de un país (mi país también) que me recibió con los brazos abiertos y a quién no le importa nuestro origen cuando se trata de defender nuestra vida.

© Todos los derechos reservados.-

 

3 de agosto de 2014

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