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El título es una frase bien criolla que se suele utilizar para las guitarreadas alrededor del fogón o las fiestas. Supongo que surgió en la época en que la gente aún se iluminaba con tan maravilloso ingenio, las velas. Sin embargo en esta ocasión no me referiré a tales actividades, sino a una que me apasiona muchísimo: la lectura. Anoche mi marido se despertó a las tres de la mañana urgido por cierta necesidad imperiosa muy humana y descubrió que yo aún no había apagado la luz y seguía leyendo. Otras veces también lo hago, sólo que él no se entera porque esas necesidades no lo despiertan. Siempre fue así, cuando me apasiono con un libro necesito terminarlo desesperadamente, necesito llegar al final, pero no me permito ni espiarlo antes de su debido momento, pues me sentiría como una traidora si lo hiciera. Además me interesa muchísimo lo que voy leyendo y no quiero perderme nada. Nunca tardo mucho en leer un libro, por largo que sea, y después me quejo de no tener nada para leer, pero es más fuerte que yo. Debo haber leído cada uno de la mayoría de mis libros unas quichicientas veces, eso hace que esté ávida por material nuevo. Confieso que he bajado algunos libros por Internet, pero no los leo. La computadora, a menos que se posea una note book, no puede ser llevada al baño ni a la cama (dos sitios para leer más cómodos que cualquier biblioteca por mejor equipada que esté). Yo necesito libros de verdad, “de carne y hueso”. Hace un par de días entré en desesperación, me negaba a releer otra vez mis libros. Fui hacia mi biblioteca, me paré frente a ella con toda seriedad y miré fijamente los libros de la colección Raíces. La verdad es que leí muy pocos libros de esa colección, pues tenía un poco de recelo. Los pocos que había leído (excepto Sin Plumas de Woody Allen) tenían que ver con el Holocausto, la historia del antisemitismo y cosas así. Libros muy duros y difíciles de sobrellevar. No quería leer otra cosa de esto, puesto que últimamente estoy muy sensible. Pero era en la única parte de mi biblioteca donde podía encontrar un libro aún virgen para mí. Un título que me sonaba como conocido llamó mi atención: La Lengua Absuelta de Elías Canetti. Leí la contratapa, me pareció interesante y lo elegí. En la solapa hablaba de su autor y decía que había sido un desconocido hasta que ganó un premio Nobel de literatura, eso me causó gracia y me predispuso bien a leerlo. También hacía una referencia del libro y decía que era el primer tomo de su autobiografía. Llevo más de la mitad del libro leído (más bien estoy cerca del final) y tengo la sensación que el libro es más la historia de su relación con su madre y de sus lecturas. Si bien toca muchísimos otros temas que me han resultado interesantes, los libros y su madre parecen ser los verdaderos protagonistas, incluso más que él mismo. Me sorprendió, es una autobiografía bastante diferente a otras que he leído y me ha dejado convencida que el autor no podía ser otra cosa que escritor por la forma en que, primero su padre y luego su madre lo han ido guiando. En relación a la lectura, incluso llegué a identificarme aunque no todos nuestros gustos coincidieran. Además al hablar de su propia vida no puede dejar de lado la historia, materia que siempre me interesó muchísimo y que sin duda ha influido en este autor. En suma: si les gusta la buena literatura, si les gusta la historia y las autobiografías, se los recomiendo ampliamente. Por ahora y hasta que no aparezca otra cosa, pasará a ser mi tercer libro preferido ¿Los otros dos? Bien diferentes unos a otros, aunque la historia es un buen hilo conductor entre ellos: La Gesta del Marrano de Marcos Aguinis y Una Novela de James A. Michener. Este último se refiere a la comunidad maronita y nos adentra en su cultura y a su vez en el mundo editorial de una forma maravillosa y distinta.

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1 de Agosto del 2010

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