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     Había una vez un hombre. Un día, mientras estaba en su oficina, notó que la mano derecha no le respondía y se asustó mucho. Todo comenzó con una picazón insoportable. No encontraba manera de rascarse. Desesperado miraba a todos lados con miedo a ser observado y que alguien se diera cuenta. Entonces descubrió que su modo de mirar había cambiado, ahora notaba cosas que nunca antes había observado. De golpe, la picazón se transformó en rigidez y una angustia muy grande lo invadió. Miraba su mano, observaba todo y el susto aumentaba. Repentinamente su mano tomó un color negro muy obscuro y se sorprendió. No pasó mucho tiempo hasta que noto que su mano se volvía de un material plástico muy resistente. Se metió la mano en el bolsillo desesperado, se dirigió a la oficina de su jefe y le pidió retirarse más temprano por motivos de salud. Tomó un taxi, seguro de que era peligroso intentar manejar en ese estado. Cuando llegó a su casa se apresuró a retirar la mano del bolsillo, le abultaba muchísimo y le molestaba. En el trascurso del viaje había sentido el crecimiento de su mano. Lo que nunca imaginó es que se habría transformado en una CÁMARA DE FOTOS. Impresionado como estaba se la examinaba una y otra vez, curioso, asustado, sorprendido. A medida que pasaban los minutos la cámara se iba auto completando hasta no tener qué envidiarle nada a las mejores del mercado. Sintió de repente que debía hacer algo, sin duda se había transformado en alguien muy peculiar y tenía que poder sacar ventaja de ello. Se anotó en un curso de fotografía. Al principio el profesor y sus compañeros se quedaron pasmados sin saber qué pensar o cómo reaccionar. Pasaron del estupor a la admiración al ver la maravillosa cámara que era su antigua mano y poco a poco se fueron acostumbrando a él. Aprendió a sacarle todo el partido posible y se transformó en un gran fotógrafo. No había exposición fotográfica en la que no hubieran fotos suyas, en la oficina lo cambiaron de sección y lo trasladaron a la de promoción y prensa. Se editaron libros con sus fotos y los periódicos se peleaban por tener fotos suyas. Los científicos insistían en querer estudiarlo, pero él se negaba asustado de que pudieran desmantelarle y arruinarle la cámara. Su vida había cambiado por completo y aunque en ocasiones sentía la necesidad de su mano, era un hombre tan feliz como no había sido nunca antes. Un día tuvo un accidente de tránsito y quedó en estado muy grave. El accidente había arruinado la cámara, la cual fue atrofiándose poco a poco hasta retrotraerse a su estado natural de mano. Nadie podía entender el fenómeno que había acaecido. Pero eso ya no importaba, cuando le dieron el alta era el hombre más triste del universo y nunca más volvió a sonreír.

mano

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28 de julio del 2010

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